Generalmente se idealiza el pasado. Cuanto más remoto se
encuentra ese Adonis, y no necesariamente por un factor temporal, más
grandilocuente nuestra mente lo muestra.
Mientras se transita por el valle de la nostalgia, un
sendero tan luminoso pero con un fulgor que puede llegar a opacar, se vislumbra que
la alegría y la tristeza retozan.
Cuando solo quedan los resabios de esa dicha, de ese placer,
de ese antojo que la vida o el destino, o a la puta cosa que queramos atribuir,
nos lo dio y en un destello nos arrebató, es inevitable pensar si algo validero
quedó.
Porque no sólo quedan la hambruna de ansias y el lánguido e
interminable túnel del desconcierto, sino también surgen los porqués. Nace una
responsabilidad que no buscábamos, que no se nos había cruzado ni por asomo. Y
así mismo no podemos evitar preguntarnos: ¿habrá valido la pena?

